La Ilógica de los Conglomerados

Por Carlos A. Anderson


Carlos Anderson 18.02/2010 Recordemos uno de las supuestas leyes de oro de las finanzas corporativas: a más diversificación, menos riesgo. Desde el punto de vista de asignación de recursos a un determinado portafolio de acciones, este axioma tiene lógica, soporte estadístico y hasta un dicho popular (“nada de poner todos los huevos en una misma canasta”). Pero la lógica y el soporte estadístico se quiebran en un determinado punto que marca el límite de la diversificación (otra vez, desde el punto de vista de un portafolio de inversiones individual, dicho límite se alcanza alrededor de las 8 acciones) y de su corolario, la disminución del riesgo.

El concepto de diversificación, sin embargo, cuando es aplicado sin mayor reflexión a la estrategia de crecimiento empresarial, adolece de graves defectos. Por un lado, la conduce inexorablemente por el camino del crecimiento vía la formación de conglomerados y, por otro, tiene el potencial de conducirla—aunque no necesariamente—por la vía dolorosa de la destrucción de valor. El secreto radica en la lógica o ilógica de los conglomerados.

En la década de los años 70s, la formación de todo tipo de conglomerados, a través de sendas holdings de empresas cuyo principal vaso comunicante lo constituía la conformación de su capital (un mismo grupo de accionistas)—no solo dio vida a una de las más intensas olas de Fusiones y Adquisiciones (F&A) de los últimos tiempos sino que además dio paso a la formación de todo tipo de “lógica” para la conformación de conglomerados: que integración vertical, horizontal, transversal, ocasional, etc. La posterior destrucción de valor que llevó a la explosión de los conglomerados más sonados del mundo desarrollado no solo acabó con la ola de F&A de los 70s sino que motivó un intenso ejercicio de introspección acerca de la lógica de crecimiento y expansión empresarial y en particular el crecimiento y expansión empresarial vía la compra-venta de empresas. La conclusión principal no fue desvirtuar los conglomerados sino la falta de sinergias realizables y advertir acerca de los riesgos inherentes de una estrategia de crecimiento que alienta la formación de imperios económicos y empresariales con base en la pura vanidad.

Como consecuencia de la desregulación, en particular en los Estados Unidos, la década de los 90s fue testigo de la conformación de conglomerados de nuevo tipo: los conglomerados financieros, capaces de explotar sin límites las sinergias derivadas del “cross-selling” y de la astucia y conocimientos que se derivan del manejo de la información (“data mining”), desde bancos de inversión que actuaban como verdaderos “supermercados financieros” (tipo Citibank) hasta supermercados que actuaban como verdaderos centros financieros (como Marks & Spencer en el Reino Unido). Pero a diferencia de la diversificación y su efecto positivo (aunque con límites claros) sobre la reducción del riesgo, la desregulación y los conglomerados de nuevo tipo han tenido un impacto tan grave sobre la multiplicación de los riesgos que bastó que alguien se preguntara por el verdadero valor de las casas en los Estados Unidos para que se desatara una verdadera “tormenta perfecta”. El mundo sigue en estos momentos tambaleándose de un lado a otro sin alcanzar el equilibrio al tiempo que la ilógica de los conglomerados de nuevo cuño los lleva a tener que sufrir la ignominia del fenómeno inverso: su desmembramiento en pedazos.